Zarpazos inconstitucionales 		       TRUMP Y AMLO: ALMAS GEMELAS

Zarpazos inconstitucionales TRUMP Y AMLO: ALMAS GEMELAS

Marco Antonio Aguilar Cortés
Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador, siendo física y económicamente tan distintos, políticamente son almas gemelas.

Cínicos entrambos. AMLO dice: “No se puede ser faccioso cuando se está en el gobierno”, y él ha sido el más faccioso de los presidentes mexicanos. Trump expresó: “Repruebo la violencia contra el Capitolio”, y él la orquestó.
Los hermana su férrea ambición de tener en sus manos todo el poder. Nada debe de existir fuera de su control autoritario.
Ambos manejan con maña su autoritarismo, cubriéndolo con un manto retórico de hilos falsos de democracia y libertad.
Idéntica es su actitud de dividir a sus pueblos, bajo el viejo principio maquiavélico de divide y vencerás, sin importarles que sus compatriotas se asesinen entre sí.
Los dos son maledicentes, lenguas viperinas con arranques ofensivos contra sus inventados adversarios.
Tienen Andrés Manuel y Donald una autoestima elevada y patológica, al creerse, el primero, único salvador de los pobres y exclusivo vencedor de la corrupción, siendo productor de corrupción constantemente y viviendo como rico en su residencia feliz (el ex palacio nacional), y provocando más pobreza en México; y, el segundo, el rehacedor de la grandeza de América, quien, en su derrotado final, produjo un caos vergonzoso e inolvidable.
Ninguno de los dos presidentes tiene la capacidad de reconocerse culpable. Todas las culpas son de otros.
Diestros son para sacrificar a quien sea, y ellos permanecer limpios y honorables.
Uno y otro, mentiroso y mitómano, se sienten personajes autores de lo grandioso, y al no tener capacidad, para generar esas maravillas, sólo provocan desastres aterradores.
Trump y López Obrador gustan de hacer escándalo, espectáculo, pero no son eficaces para resolver problemas. Así fabrican sus discursos, y los altares que los consagren, pues su obra pública no es productiva.
Amo y siervo son hábiles manipuladores de los medios de comunicación masiva, sobre todo de las redes sociales, tan de moda, y tan peligrosas, si se usan con irresponsabilidad.
Carlos Monsiváis (1938-2010) hace 25 años, en su libro Los rituales del caos, explicaba con su estilo crítico “a esta dictadura de la fascinación electrónica”.
De vivir, hubiera descrito las anárquicas horas derivadas de la agitación violenta del presidente de los Estados Unidos de América, quien, con su presencial labia directa, sus redes sociales y su tigre (las salvajes hordas del supremacismo blanco), atacaba al Capitolio, a la vista estupefacta y herida de todo el mundo.
Sólo el presidente mexicano AMLO, satisfecho y cómplice, calló, so pretexto de que no era asunto de su incumbencia, cuando en el caso del presidente de Bolivia, Evo Morales, o recientemente el del australiano Julian Assange, editor de WikiLeaks, se tropezó solicito por andar de ofrecido, exhibiendo su mezquina incongruencia.
Y cuando supo que Twitter, Facebook, Instagram, suprimieron los mensajes incitadores y violentos del “terrorista doméstico” Trump (calificativo usado por el presidente electo John Biden), entonces sí fue asunto de su interés, al afirmar que: “no me gusta que se le haya censurado (a Trump) su libertad de expresión, ya que a nadie debe censurarse”.
En México, como en EU, la libertad de expresión no es absoluta, pues está limitada por nuestra propia constitución que la otorga y reconoce en sus artículos 6º y 7º; empero, nadie tiene derecho a manifestar ideas ni a difundir opiniones e información a través de cualquier medio, si (entre otras cosas) provoca algún delito, o perturba el orden público.
Trump, siendo presidente, trastocó públicamente todos esos límites en el reciente caso de la toma del Capitolio.
AMLO, en muchas de sus mañaneras y en sus mensajes de redes sociales, ha trastocado también esos límites, incluso, violando públicamente los derechos humanos de varias personas, en su calidad de presidente.
Las redes sociales “benditas o no benditas” no pueden estar al margen de nuestro sistema jurídico.
No nos enredemos con las redes, nada ni nadie está por encima de los derechos humanos garantizados, con sus límites constitucionales.
Los zarpazos del tigre gringo y los batacazos del tigre mexicano, al servicio de los autócratas Trump y AMLO, son inconstitucionales.

Opinión